viernes, 2 de julio de 2010

LOS ARANCELES Y EL CEMENTO


Por Walter Puelles Navarrete/en Mar 22, 2010
Fuente: www.iplperu.org

Una pregunta cuya respuesta es parte de una agenda política pendiente, es si los individuos tienen o no derecho a comerciar libremente. Esto es un absoluto. La respuesta es si o no; no hay término medio. Si la respuesta es afirmativa, los impuestos a las importaciones (aranceles) deberían abolirse en el acto, dando por zanjada cualquier discusión de índole económica y cualquier posibilidad de aplicar políticas mercantilistas que favorezcan a determinados grupos de interés. Sería una liberalización unilateral del comercio.

Si la respuesta es afirmativa, el Estado debería proteger ese derecho por más argumentos económicos contrarios (si los hubiese), pues se asume que esa es justamente su principal función. Sin embargo, el Estado hace todo lo contrario. Los aranceles, i) quitan a la sociedad la libertad de elegir entre alternativas en competencia, ii) confiscan parte de sus recursos para las arcas del fisco, y iii) desvían otra buena parte de los mismos a las cuentas de los grupos económicos interesados en sostener estos privilegios.

Esta visión de índole moral no implica necesariamente un rechazo a los impuestos per se. Si el comercio debe cargar impuestos para financiar los servicios del Estado, estos deberían ser generales e independientes del tipo de actividad ejercida. Si el individuo importa, exporta, o produce para el mercado local, no debería ser competencia del Estado. Este debería mantener el principio de neutralidad. El Estado no debe ni privilegiar ni castigar actividad económica alguna por más nobles que sean los resultados económicos que su desarrollo consiga.

Quienes postulan una visión contraria, consideran – aunque sea implícitamente – que el hombre no tiene derecho a comerciar libremente más allá de los parámetros establecidos por el gobierno. Vociferan que este problema debe ser desideologizado, que debe primar el pragmatismo, (léase, ausencia de principios morales). En suma, dirán que el problema es “complejo”. Pero como bien señala el filósofo canadiense Leonard Peikoff, la palabra “complejo” no se utiliza hoy para afirmar la urgencia de resolver problemas, sino para asegurar que no existen soluciones.

Las implicancias morales de este tipo sistemas son desastrosas para el desarrollo de una sociedad civilizada, siempre lo han sido, ya que incentivan la formación de una cultura corrupta que entiende que las batallas no se ganan en el mercado proponiendo alternativas socialmente más provechosas, sino en los despachos gubernamentales. La resiente restitución del arancel a la importación de cemento es una clara muestra de ello. La medida es inmoral y su esencia no cambia por más que goce de la venia del Tribunal Constitucional.

Ningún cementero podrá afirmar a partir de hoy que sus beneficios son producto de su esfuerzo, sino del ajeno. Y eso es robo, delincuencia pura. El arancel obligará a la sociedad a pagar 12% adicional por cada bolsa de cemento importada y nadie podrá oponerse a ello, salvo quienes decidan operar al margen de la Ley. Luego se reavivará el problema del contrabando, tildarán de delincuentes a quienes traten de poner a salvo su propiedad, y pugnarán por que la Ley los reprima. Todo ello financiado con ese 12% adicional.

viernes, 18 de junio de 2010

DEL SALARIO MÍNIMO A LA POBREZA

Escrito Por Jorge Valín

Actualmente se cree que el salario mínimo aumenta el nivel de vida. Sin embargo, la auténtica realidad es que el salario mínimo crea desempleo y empobrece la sociedad. Pero, ¿por qué? ¿Cómo? Espero que lo podamos ver claro y de forma sencilla en cuatro puntos.

Primero; obligar a las empresas a remunerar a sus empleados con un sueldo mínimo significa que los que actualmente cobran una cantidad inferior a éste automáticamente quedan fuera del terreno laboral o bien pasan a cobrar lo mismo pero dentro de la economía informal. Imaginemos que de repente el gobierno de turno decide imponer un salario mínimo de 700 soles mensuales. ¿Eso significará que el empresario tendrá que renunciar a parte de sus beneficios para subir el sueldo a sus empleados? Evidentemente que no (aunque por fuerza se le verá reducido a posteriori). Lo que eso significa es que todo aquel que cobre menos de 700 soles mensuales inevitablemente queda despedido, o bien, primero queda despedido y luego pasa a otra empresa —o la misma— cobrando el sueldo anterior pero de forma no declarada, esto es, pasa a ser parte de la economía informal. En este sentido vemos cuan útil es realmente la economía informal, ya que ésta siempre da elección y libertad al necesitado (gente joven, inmigrantes, etc.).

Aquí alguien podría pensar que sólo el salario mínimo “alto” puede crear desempleo, pero uno reducido no. La verdad es que cualquier impedimento a la producción, por pequeño que sea, distorsiona su estructura de precios y esto siempre conduce a más desempleo y menos elección para el consumidor, trabajador o empresario.

Segundo; un incremento en el salario siempre es un aumento en los costos (el sueldo no es más que otro costo sobre el producto). En principio, esto no tiene porque ser maligno, pero si este aumento se debe a la coacción de las leyes que no obedecen la estructura productiva real —o la decisión del consumidor— el resultado serán precios irreales. Pero, ¿todos los productos se encarecen por igual? No, pero al final todos acaban encareciéndose. Los primeros segmentos en los que se notará este aumento serán los que provienen de empresas con una estructura de más trabajo intensivos, es decir, que para la elaboración de su producto son necesarias más personas que no máquinas, como por ejemplo, las pequeñas empresas, el sector agrícola, etc. ¿A qué se debe? A que toda la estructura productiva, en última instancia, está entrelazada entre si. Si aumento el costo de la madera (subiendo el sueldo al leñador de forma artificial o por coacción legal) ésta tendrá que ser vendida más cara al fabricante de sillas, mesas, etc. A la vez, el que vende las sillas las tendrá que vender más caras a la inmobiliaria, y la inmobiliaria que provee a otras empresas que no están relacionadas con la madera repercutirán el costo a sus consumidores (consumidores finales, empresas, etc.). A esto añadamos que a cada paso intermedio en la producción también se añade un aumento en su costo por trabajador, con lo que el aumento realmente no es nada despreciable. ¿Cuál ha sido la consecuencia? Que el aumento impuesto de los sueldos sólo ha beneficiado a una minoría que “cobra más” (si no ha sido despedida antes) pero ha empobrecido a una mayoría, ya que esta mayoría, percibe los mismos ingresos pero paga más por los productos que consume.

Tercero; de aquí se deduce rápidamente que este encarecimiento sobre algunos bienes serán demasiado caros para que alguien los quiera comprar. En este caso habrá una disminución de la demanda global, y de forma más acusada puede ocasionar que el margen sobrante para el empresario (beneficio puro) sea tan bajo que provoque la desaparición de algunos productores marginales. Esta reducción de la demanda en los productos marginales (es decir, de poca demanda per se) podrán crear monopolios o reforzarlos si ya existen. Un monopolio, en este caso, se crea gracias a los elevados costos de la elaboración del producto donde inevitablemente sólo pueden ser costeados por una sola empresa ya que no hay margen para nadie más. Y es que ciertamente la tendencia al monopolio es un hecho característico de las leyes y el estado. En ausencia de los dos, los monopolios serían prácticamente inexistentes.

Como consecuencia de este punto podemos llegar a la conclusión que el salario mínimo (y leyes in extenso) destruye la principal base que puede sostener el trabajo continuo y sano: La Producción. El fin no es el trabajo, éste es un medio o herramienta, sólo la masiva, libre y compulsiva producción es el fin; ¡y cuanto más mejor! Esto es lo que realmente, junto al ahorro y capitalización, crea trabajo para todos.

Cuarto; al reducir coactivamente los beneficios de las empresas, donde las más afectadas serán las pequeñas, éstas se volverán menos competitivas perdiendo mercado y trasladando, consecuentemente, una parte de su demanda a las grandes firmas. La otra parte de la demanda queda literalmente muerta, es decir, la gente y otras empresas (demanda) compran menos debido a un aumento de los precios. Por ejemplo, una de las consecuencias de la funesta política inflacionista salarial puede llevar a cerrar la clásica ferretería para transmitir parte de su demanda al gran almacén. Si este proceso hubiese sido libre y natural no habría habido ningún problema (en estos momentos la explicación de la causa no importa, sino el efecto) porqué habría venido de la libre elección del consumidor y el empresario podría haber encontrado otra oportunidad en otro negocio, pero al ser impuesta significa que ese pequeño comerciante ya no podrá montar otro pequeño comercio porque tendrá que pagar igualmente el salario mínimo a sus nuevos trabajadores; por lo tanto, la única solución que tiene es pasar a ser un desempleado más o un nuevo asalariado frustrado gracias a la “justa ley social”.

Aquí podemos volver al punto primero; y es que quedar desempleado en un mercado saturado (en parte gracias al salario mínimo) dificulta la recolocación en el mercado de trabajo. No ocurre lo mismo en una economía totalmente libre donde la rotación es alta, fluida y sana. Esto me recuerda a una entrevista que concedió Henry Hazlitt a un periodista. Como él decía más o menos: cuando era un muchacho y empecé a trabajar no duraba más de tres días en una empresa, pero en aquel entonces —primer cuarto del siglo XX— no había problemas con el trabajo. Cuando me despedían sólo tenía que comprar el periódico y esa misma tarde ya tenia trabajo en otro sitio, al menos durante tres días más… De esta forma Hazlitt llegó a convertirse en un renombrado y prolífico periodista y en un auténtico campeón de la libertad en el campo filosófico y muy especialmente en el económico.

El auténtico problema no es el salario mínimo en si, sino toda la amalgama de leyes que intentan crear una justicia distributiva. Por razones de tiempo no he explicado todos los efectos que puede causar el salario mínimo ni las leyes que el estado vuelve a crear para solucionar el problema que él mismo ha creado. La consecuencia pero, es un empeoramiento o degeneración de la situación. La libertad no sólo es un imperativo ético, metafísico ni difuso, sino que la negación de ésta también afecta de forma nefasta en temas tan prácticos como pueden ser la economía.

jueves, 10 de junio de 2010

HONG KONG

Por Peter T. Bauer (1915-2002)

¿Cómo evaluaría usted las perspectivas económicas de un país asiático que tiene muy poca tierra (y encima aquella consiste solamente de puros montes erosionados) y que es realmente el país más densamente poblado del mundo; que tiene una población que ha crecido rápido, tanto por medio del aumento natural como por la inmigración a gran escala; que importa todo su petróleo y todos sus materiales crudos y aún mucha de su agua; que tiene un gobierno que no está involucrado en la planificación del desarrollo y que no ejerce control alguno por sobre los tipos de cambio ni restringe las exportaciones e importaciones de capitales; y que es la única colonia occidental de importancia alguna?[1] Usted pensaría que este país debe estar condenado, a menos que éste reciba grandes donaciones externas. O dicho de otra forma usted tendría que creer esto, si usted creyese lo que los políticos de todos los partidos, la ONU y sus organizaciones afiliadas, los economistas prominentes, y lo que la prensa de calidad dicen acerca de los países menos desarrollados. ¿Acaso no ha sido el círculo vicioso de la pobreza, la idea de que la pobreza se auto-perpetua, un principio fundamental de la economía de desarrollo desde la Segunda Guerra Mundial, y acaso no ha sido respaldada explícitamente por los Premios Nobel Gunnar Myrdal y Paul Samuelson? ¿Acaso los economistas de desarrollo del Instituto Tecnológico de Massachussets no han dicho categóricamente sobre los países menos desarrollados que La escasez general relativa a la población de casi todos los recursos crea un círculo vicioso de pobreza que se auto-perpetúa. El capital adicional es necesario para aumentar la producción, pero la pobreza en sí hace que sea imposible poder llevar a cabo el ahorro y la inversión requeridos para una reducción voluntaria en el consumo.[2]
¿Acaso no ha insistido Gunnar Myrdal que "debe haber algo malo con un país subdesarrollado que no tiene dificultades de tipo de cambio extranjero"? ¿Acaso no dijo también que todos los expertos en desarrollo estaban de acuerdo con que la planificación comprensiva era la primera condición para el progreso económico y, de hecho, no ha sido esta la opinión de muchos economistas de desarrollo prominentes en las décadas más recientes? De nuevo, ¿acaso no dijo el celebrado Informe Pearson, encargado por el Banco Mundial, que "ningún otro fenómeno presenta perspectivas más oscuras para el desarrollo internacional que el asombroso crecimiento de la población"? Y, finalmente, ¿Acaso no incluyó la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo en su Principio General Catorce que "la liquidación de los restos del colonialismo en todas sus formas es una condición necesaria para el desarrollo"?
Por lo tanto, de acuerdo a la visión enfática de muchas de las figuras respetadas en este campo, y de los representantes de la llamada opinión mundial, hasta una media docena de características con las cuales yo comencé deberían asegurar una pobreza persistente.
Pero si en vez de seguir la moda, usted piensa por sí mismo y forma su opinión en base a la evidencia, entonces usted sabrá que Hong Kong, el país en cuestión, ha progresado fenomenalmente desde los años 40, cuando era todavía muy pobre, y que se ha convertido en un competidor tan formidable que los países occidentales erigen barreras comerciales en contra de aquel país distante. Si analizara más a fondo, sabría que los ingresos y los salarios reales han subido rápidamente en Hong Kong en las recientes décadas. E incidentalmente Hong Kong es sólo un caso extremo de un fenómeno más general porque algo similar aunque con un progreso material menos pronunciado ha ocurrido en algunos países o regiones—Corea del Sur, Taiwán y Singapur entre ellos—cuando de acuerdo a los expertos esto debería haber sido imposible.

Si hubiese sospechado todo este tiempo que la opinión establecida sobre estas cuestiones era perceptiblemente infundada, usted disfrutaría de una corta pero instructiva monografía, Hong Kong: Un estudio en la libertad económica (University of Chicago Press) escrito por el Dr. Alvin Rabushka. Rabushka, un politólogo convertido en economista, conoce a Hong Kong bien, y su esposa es china. Tiene una mente incisiva. Escribe de forma clara, con confianza y, de hecho, con entusiasmo. Sus puntos principales no son difíciles, aunque se necesita de una mente firme y de un poco de coraje para presentarlos de manera tan concisa y vigorosa.
Rabushka analiza los procesos y métodos por los cuales en menos de 140 años, unas cuantas rocas vacías y estériles se convirtieron en un gran centro industrial de comercio y finanzas con cerca de cinco millones de habitantes. Él le atribuye esta historia de éxito económico a las aptitudes de las personas y a la adherencia a las políticas públicas adecuadas. La empresa, el trabajo duro, la habilidad de detectar y utilizar las oportunidades económicas, están extendidas en una población que es china en un 98 por ciento, que está concentrada determinadamente en ganar dinero día y noche. Muchos son inmigrantes que trajeron habilidades y empresa más que nada de China, especialmente de Shanghai, el olvidado lugar de habilidad y empresa ubicado en el centro de China. Las políticas enfatizadas por Rabushka son el conservadurismo fiscal; los impuestos bajos; el cobro de precios de mercado por ciertos servicios gubernamentales; la política liberal de inmigración, al menos hasta hace poco; el libre comercio en ambas direcciones; el movimiento sin restricciones del capital entrando y saliendo del país; la participación mínima del gobierno en la vida comercial, incluyendo la resistencia a conceder privilegios a los intereses seccionales. No hay incentivos especiales o barreras a la inversión extranjera, no hay insistencia en la participación local de las empresas extranjeras. Tampoco hay exenciones de impuestos o cualquier otra concesión especial para la inversión extranjera, pero de igual manera no hay restricciones sobre el retiro de capital o sobre la remisión de ganancias…
…La ausencia de los recursos naturales ha promovido una economía abierta con un gran volumen de exportaciones para pagar las importaciones necesarias. Tal economía requiere de un amplio rango de exportaciones competitivas y también de mercados domésticos competitivos. La asistencia gubernamental a particulares actividades económicas desvía los recursos hacia usos menos productivos y socava la posición competitiva internacional de la economía. Además, en una economía tan abierta como Hong Kong, los resultados despilfarradores de tales subsidios se vuelven evidentes más pronto que en otros lugares. Por lo tanto la misma ausencia de los recursos naturales ha asistido al progreso material al desalentar políticas públicas despilfarradoras. Es mucho más probable que las políticas públicas inapropiadas inhiban el avance económico a que lo haga una falta de recursos físicos. Los déficit presupuestarios sostenidos, financiados por creación de crédito, también tienden a resultar en gastos malversados, por lo que la pobreza de recursos desalienta la financiación de déficit. En el sistema de contabilidad tradicional inglés, las colonias no podían operar con déficit presupuestarios por mucho tiempo, y esta tradición fue continuada luego de que se obtuvo la autonomía fiscal en 1958, en parte por las razones que acabo de señalar. La ausencia de las promesas electorales, junto con una economía abierta y un gobierno limitado, han reducido los premios de la actividad política y por ende el interés en organizar grupos de presión. Todo esto promovió el conservadurismo fiscal, es decir, los impuestos bajos, los presupuestos equilibrados, y el cobro de precios de mercados por servicios públicos específicos. El deseo de atraer el capital extranjero, la visión empresarial de una comunidad tradicional de comercio, y la preocupación general de ganar dinero también contribuyeron a este fin.

Las políticas oficiales y las aptitudes y los hábitos de la población han resultado en una economía capaz de ajustes rápidos. Esta adaptabilidad le ha permitido a Hong Kong sobrevivir y aún prosperar a pesar de numerosas restricciones en contra de sus exportaciones, muchas veces impuestas o aumentadas con poco tiempo de aviso.

Por razones sociales, el principio de cobrar precios de mercado por servicios gubernamentales específicos ha estado sujeto a excepciones mayores por algún tiempo. La provisión a gran escala de viviendas subsidiadas para los pobres y la racionalización del agua al cortar la oferta de ella durante algunos periodos, en vez de cobrar precios más altos a cambio de una oferta continua, son las dos excepciones más importantes. Fueron introducidas luego de mucho debate emocional y con las condiciones sociales locales en la mira. Los subsidios están además en gran parte circunscritos a los verdaderamente pobres. Aparte de estos subsidios directos, hay subsidios en efectivo sustanciales para asegurarles a los pobres un ingreso mínimo, y también hay varias subvenciones para los deshabilitados y los enfermos. La educación primaria comprensiva y obligatoria, de hecho es como en su nombre dice, y los extensos servicios de salud pública, han operado por muchos años.
En los últimos años Hong Kong ha llegado a ser presionada tanto por el gobierno inglés como por varias organizaciones internacionales para que se dirija hacia un tal llamado completo estado de bienestar, junto con privilegios para los sindicatos, servicios sociales comprensivos, legislación laboral de gran envergadura e impuestos redistributivos. Rabushka correctamente indica que estas presiones extranjeras reflejan simplemente un deseo de servir varios intereses occidentales, como por ejemplo el de reducir la competitividad de Hong Kong al inflar los costos allá. Rabushka también se refiere al disgusto o hasta al resentimiento engendrado por los defensores de las economías controladas por el estado hacia la mejora rápida de los criterios generales en Hong Kong como también en otras economías con orientación de mercado. Estas presiones externas puede que todavía apoyen de nuevo dentro de Hong Kong a ambiciosos administradores, intelectuales descontentos, y políticos ambiciosos, todos esperando tener un mayor espacio en una sociedad más politizada. El gobernador sir Murria McLehose también está más preocupado con la opinión externa que con la de sus predecesores. Rabushka cree, yo pienso que correctamente, que la expiración en 1997 de la concesión de gran parte del terreno de Hong Kong, o la posible acción hostil por parte de la República Popular China, son una amenaza menos grave para el futuro de Hong Kong que las barreras comerciales en el occidente y las presiones occidentales para la introducción de más legislación laboral, un estado de bienestar comprehensivo, y otras políticas públicas que inflan los costos y reducen la adaptabilidad.
La admiración sinvergüenza de Rabushka por Hong Kong y por su economía de mercado permea todo el libro.
¿Acaso me atrevo a revelar mi mal gusto al decir que el ruido y el ritmo apresurado económico de Hong Kong me parecen más interesantes, divertidos, y liberadores que su falta de ópera, música y teatro refinados? El oriente en verdad se ha topado con el occidente en la economía de mercado. Los chinos y los europeos en Hong Kong no tienen tiempo para los altercados raciales, los cuales solo interferirían con la posibilidad de ganar dinero. Este prospecto de ganancia individual en el mercado hacen de la actividad colectiva para la ganancia política algo innecesario; la economía de mercado es realmente daltoniana.
Hay algo de excesiva simplificación en esto. Por ejemplo, la búsqueda de ganancias puede muy fácilmente ir de la mano con los conflictos raciales en las economías controladas por el estado. El factor crucial no es el hecho de que se pueda ganar dinero como tal sino EL GOBIERNO LIMITADO. Es, sin embargo, claro que una sociedad como Hong Kong ofrece poco espacio para los literatos ambiciosos, que muchas veces se vuelven amargados o, peor aún, hostiles. Hasta hace poco y en cualquier nivel, la filosofía económica del gobierno ofrecía pocas oportunidades de empleo para los sociólogos, especialmente para los economistas. Antes de 1973, las estimaciones del ingreso nacional no habían sido publicadas. Esto de ninguna manera inhibió el espectacular crecimiento de ingresos y de calidad de vida. Pero redujo las oportunidades de empleo para economistas, expertos en estadística y servidores civiles y, por ende, para los bachilleres de las universidades, lo cual de nuevo incitó hostilidad por parte de los literatos tanto en casa como en el extranjero…
El rol decisivo en la vida económica de las aptitudes y motivaciones personales, las costumbres sociales, y los arreglos políticos apropiados es la lección sobresaliente de Hong Kong. El acceso a los mercados también es importante, pero menos fundamental. Otros países también han tenido acceso a los mercados y provisiones extranjeras, sin haber producido tal historia de éxito económico. Los recursos físicos o financieros son mucho menos importantes; o aún insignificantes, comparados con los factores personales y sociales y con los arreglos políticos apropiados, especialmente CON EL GOBIERNO FIRME PERO LIMITADO.
La noción de que el ingreso bajo inicia un círculo vicioso de pobreza y estancamiento confunde la pobreza con sus causas. Tener dinero es el resultado de un logro económico, no su precondición. La utilización de los recursos naturales depende enteramente de otros factores que acaban de ser señalados. En ciertas condiciones de mercado o situaciones políticas, la posesión o adquisición de recursos naturales puede traer ganancias inesperadas; nótese el oro y la plata de los estadounidenses en el siglo XVI y las operaciones de OPEC en el siglo XX. Pero hasta ahora en cualquier circunstancia, aquellas ganancias inesperadas no se han transformado en progreso económico duradero, mucho menos en el avance sostenido y espectacular como el de Hong Kong. Tampoco es el éxito económico sin recursos naturales algo nuevo, es tan evidente como por ejemplo en Venecia, los Países Bajos, Suiza, y Japón. Recíprocamente, el retraso en medio de abundantes recursos naturales es evidente tanto en los indios americanos como en el actual Tercer Mundo, dónde muchos millones de personas extremadamente pobres viven en medio de tierra cultivable ilimitada. Hace más de 100 años atrás Tocqueville escribió,
Observando el vuelco dado al espíritu humano en Inglaterra por la vida política; viendo que el inglés, seguro del apoyo de sus propias leyes, confiando en si mismo e inconsciente de obstáculo alguno excepto el límite de sus propios poderes, actuando sin restricción. . . Yo no estoy en apuro alguno de averiguar si la naturaleza ha puesto un puerto para él, y le ha dado carbón y hierro. La razón para su prosperidad comercial no está ahí para nada: está en sí mismo.[3]
Hong Kong muestra que el aumento en la población no es un obstáculo para el crecimiento, que las personas motivadas de manera adecuada son bienes más no deudas, son agentes del progreso como también sus beneficiarios. Muestra también como el desempeño económico le debe poco a la educación formal. En Hong Kong como en otras partes del oriente lejano, el desempeño económico o el éxito de cientos de miles o hasta millones de personas ha resultado no de la educación formal sino de la industria, la empresa, la frugalidad y la habilidad de aprovechar las oportunidades económicas. Eso está incomodando a los educadores profesionales, a quienes les gusta mercadear sus mercancías como necesarias para el éxito económico.
Otras lecciones de Hong Kong son, nuevamente, discernibles en otras partes pero sobresalen de manera clara especialmente ahí. Hong Kong es aún otra refutación más evidente de los principios de la literatura de desarrollo dominante y popular, los cuales he mencionado antes, tales como la creencia de que la pobreza se auto-perpetúa; que las dificultades en la balanza de pagos son inevitables en el camino desde la pobreza hacia el avance económico; que la planificación comprensiva y la ayuda externa son indispensables o aún suficientes para el progreso económico. Aún así estas fábulas son propagadas por el resto del occidente por las organizaciones internacionales, por las agencias de ayuda externa, y por los académicos financiados por los contribuyentes y por las grandes fundaciones. De hecho, los propagadores de estos mitos están a cargo de recursos casi ilimitados lo que hace que sea más difícil poner en evidencia sus fábulas. La experiencia de Hong Kong ofende la opinión respetable de otras maneras también. Muestra que los equipos de planificación y los grupos para consejo son innecesarios para el desarrollo; y por contraste con la experiencia de otros países, gruñendo bajo las políticas respaldadas por las Naciones Unidas y por los consejeros académicos aceptados, muestra que sus actividades es probable que sean perjudiciales. Hong Kong ha triunfado de manera imperdonable desafiando la mejor opinión profesional.
Hong Kong no es popular ni entre los grupos estatales de ayuda externa ni entre las organizaciones caritativas politizadas. Estos grupos son hostiles a las personas que pueden dispensar de sus ministerios. De ahí la mala prensa que Hong Kong tiene en occidente y la hostilidad que recibe de los grandes y de los buenos. El logro es ignorado o aminorado, y las limitaciones, sean reales o ficticias, evitables o inevitables, son destacadas de manera prominente. La sobrepoblación y el trabajo infantil son ejemplos. En todas estas cuestiones, Hong Kong está mejor que el resto de Asia. Por ejemplo, los salarios reales son los más altos en Asia, después de Japón. Pero si un gobierno trata de conducir una economía socialista, o en cualquier grado a una que sea en gran parte controlada por el estado, los políticos occidentales, los escritores, los académicos, y los periodistas son aptos para presentar el infortunio y aún el sufrimiento de ahí como algo inevitable o hasta lo felicitan por sus loables esfuerzos por promover el progreso. Pero si el gobierno depende de una economía de mercado, entonces cualquier desviación de las normas arbitrarias e inspiradas en el occidente es vista como un defecto o hasta como un crimen. Y si además ese país es exitoso y también deja de usar la ayuda externa oficial y la caridad politizada, la conducta del gobierno o hasta de la población será vista como inaceptable.
De acuerdo al Principio General Catorce de UNCTAD, el status colonial es incompatible con el progreso material. Esto fue formalmente anunciado en 1964, cuando Hong Kong llevaba años progresando rápidamente y después de que las incursiones de sus productos en los mercados occidentales causaran tanta vergüenza. Sin importar lo que uno piense del colonialismo occidental, el Principio General Catorce de UNCTAD es una falsedad evidente. Esto es claro no solo en Hong Kong pero también debido al avance a gran escala de muchas colonias occidentales, incluyendo Malasia, Nigeria, Ghana, Costa de Marfil, y Singapur. Aún así esta patente falsedad fue anunciada solemnemente en una conferencia internacional muy importante que fue en gran parte financiada por occidente.
Otra implicación de la experiencia de Hong Kong también alborota el clima político e intelectual. Que un país sea una colonia o un estado soberano e independiente no tiene nada que ver con la libertad personal que ahí pueda haber. Los estados africanos recientemente independientes muchas veces son denominados libres, queriendo decir que sus gobiernos son soberanos. Pero las personas ahí no son nada libres, menos libres de lo que eran bajo el reinado colonial; son seguramente mucho menos libres que las personas en Hong Kong. Hong Kong es una dictadura, en la que las personas no tienen voto. Pero en sus vidas personales, especialmente en su vida económica, son más libres que la mayoría de las personas en occidente. Hong Kong debería recordarnos que en el mundo moderno un gobierno no elegido puede ser más limitado que uno elegido y que, para la mayoría de las personas ordinarias, es en cierta forma más importante si el gobierno es limitado o ilimitado que si el gobierno es elegido o no elegido.

viernes, 28 de mayo de 2010

“Lo que el amor de una madre puede hacer”

Una vez había un joven llamado Ruperto, mozo, el más listo y avisado de su aldea…
Cierta noche se hallaba en un grupo de jóvenes de su edad que, congregados alrededor de la lumbre, escuchaban cautivados los relatos que de sus aventuras hacía un soldado veterano, lleno de cicatrices, que le valieron los modestos galo­nes de sargento de inválidos.

El narrador se encontraba en el punto más interesante de su relato. —La gran ciudad de Fortuna —decía— está situada en la cima de una altísima montaña, tan alta que son po­cos los que llegan a subirla. Allí el oro circula en abundancia tal, que los habitantes no saben qué hacer con el metal precioso. De él están fabricadas las casas, de maciza plata los muros de las fortalezas, y los cañones que la defienden son enormes dia­mantes taladrados. Las calles están empedradas con monedas de cinco duros, siempre nuevecitas, porque en cuanto empie­zan a perder el brillo las sustituyen con otras acabadas de acuñar. Los guijarros, en que se suele tropezar, son brillantes como avellanas, despreciados a causa de la abundancia ex­traordinaria con que el suelo liberalmente los prodiga. En una palabra: el que viva allí puede considerar como mendigos a los más poderosos de la tierra. Lo malo es que el camino que allá conduce es áspero y difícil, y sucumben los más sin haber podido llegar a la ciudad del oro.

Ruperto no echó en saco roto las palabras del soldado; y así es que, apenas logró la ocasión de quedarse a solas con él, le preguntó: — ¿Sabe usted por dónde se va a esa ciudad encantadora? —Y tanto como lo sé, hijo mío; pero no te aconsejo que intentes el viaje. — ¿Por qué?
—El camino es largo y penoso. Yo me volví a la primera jornada, asustado de las dificultades que es preciso vencer. Pe­ro, en fin, si estás resuelto a marchar, debo advertirte lo si­guiente: para llegar a Fortuna hay dos caminos; uno muy largo lleno de piedras y de escabrosidades; si vas por allí las agudas puntas de los guijarros destrozarán tus pies y la fatiga te abrumará. Te saldrán al encuentro mil dificultades terri­bles; tendrás que luchar con crueles enemigos, y si logras, por fin, vencerlo todo, llegarás a Fortuna ya viejo y extenuado, cuando las riquezas no te sirvan para nada.
El otro camino es llano y corto, pero...
— ¡Basta! No diga usted más; indíquelo ahora mismo, que del resto yo me encargo.
—Bueno, bueno; te lo indicaré, y quiera Dios que no te pese el no haber querido escucharme hasta el final.

Y el joven, sin despedirse siquiera de sus padres ni de su hermano, echó a andar por donde el viejo soldado le indica­ra; y anda que te anda, iba más contento que unas castañue­las, pensando en las riquezas que le aguardaban y que creía tener ya al alcance de su mano.


Al cabo de dos días llegó a la orilla de un caudaloso río. En él bahía una barca y en la barca un negro de colosal esta­tura. Nuestro mozo se acercó al barquero y le preguntó: —Buen hombre, ¿se va por aquí a Fortuna? —Sí, mocito; pero es preciso atravesar el río. —Bueno, pues páseme usted. — ¿Sabes cuánto cuesta? —No
—Cincuenta duros.
— ¿Pero, hombre, tengo cara yo de tenerlos, ni aun de haberlos visto juntos en mi vida? Sea usted complaciente y páseme gratuitamente.
—Este río, amiguito, no se pasa gratis nunca. Es el pri­mer paso hacia Fortuna y hay que pagarle de algún modo. Si no tienes dinero, es igual; déjame que te corte un pedacito de corazón. Quizá te duela un poco al principio, pero luego quedará como si lo tuvieras entero.

Ruperto dejó que el negro le abriese el pecho y le sacara un pedacito de corazón.
Cuando pasó a la otra orilla, dio un suspiro de satisfacción. El primer paso estaba dado, y ya veía la hermosa ciudad de Fortuna, cuyas resplandecientes murallas despedían her­mosísimos reflejos. Pero notó que tenía mucho menos afán en llegar a la ciudad de oro y un extrañó vacío en el pecho.
Siguió, con todo, su marcha, pero aun no habría andado cien pasos, cuando una nueva dificultad vino a estorbarle el camino. Este se estrechaba entre dos montañas inaccesibles y la entrada del desfiladero estaba custodiada por otro guardián tan negro como el de la barca.
— ¿Adonde vas, muchacho? —preguntó a nuestro mozo.
—A la ciudad de Fortuna.
—En efecto, éste es el camino; pero hay que abonar el pasaje. Es un pedacito de corazón.
Sin vacilar abrió su pecho Ruperto y dejó en manos del te­rrible portero un pedacito de fibras de aquel órgano de vida.

Y siguió andando, andando hacia la ciudad, que a sus ojos se mostraba cada vez más próxima y más hermosa. Pero cada vez sentía menos afán por llegar.
Aún no habían termi­nado las dificultades. El camino se cañaba de pronto, for­mando un terrible barranco: sólo pensar en atravesarlo hu­biera sido un delirio. Ruperto creyó fracasadas sus esperanzas y se sentó desalentado sobre una piedra.
En aquel momento, un buitre de gran tamaño bajó desde la cima de una montaña, y acercándose, le dijo:
— ¿Quieres pasar? Pues dame un pedazo de tu corazón.
—Tómale y pásame —dijo Ruperto, desesperado.
El buitre hundió su pico en el pecho de Ruperto y sacó un buen trozo de corazón. En seguida cogió a nuestro mozo con sus garras y lo llevó al otro lado del abismo.
Ahora sí que estaba a las mismas puertas de Fortuna. Ya podía contar hasta el número de torres que por encima de los altos muros se levantaban, y dio por hecha su felicidad, si es que ésta consiste en el dinero. En la puerta lo detuvieron. Allí el corazón era género de contrabando (medio de intercambio), y por eso le sacaron lo que le quedaba del suyo y le pusieron uno de acero muy bonito, pero duro como el dia­mante.
Sólo escapó a la inspección una pequeña fibra, que pasó inadvertida detrás del corazón de metal.
—Al fin estoy dentro —se dijo Ruperto.
Pero, con gran extrañeza suya, no le produjo la ciudad de oro, ni sorpresa ni alegría.
— ¿Para qué quiero las riquezas —exclamaba— si he perdido mi corazón y con él mis ilusiones?
Y paseaba por la ciudad, mirando con soberano desprecio aquellas riquezas que estaban al alcance de su mano y que tanto halagaron anteriormente su ambición.
Aquel brillo deslumbrante llegó a molestarle.
—Aquí, por lo visto —se dijo— no hay más que oro. ¡Maldito metal, que me has costado mi corazón! ¡Dios mío! ¿Quién me devolverá mi corazoncito?
Buscó amigos, pero no logró hallarlos, porque aquella gente tenía el corazón de acero y Ruperto sentía que aquella fibrilla que le quedaba del suyo le hacía sufrir atrozmente.
Sin amigos ni afectos en aquella ciudad de oro, Ruperto se acordó de sus padres y de su hermano y lloró amargamente su destino.
Y entonces resolvió volver a la blanca casita de su aldea y vivir en ella como a Dios fuere servido. Al salir de la ciudad sintió una extraña alegría. Pero aquel maldecido corazón de acero le hacía sufrir horriblemente; sólo la fibrilla que le que­daba del suyo palpitaba de gozo dentro del pecho. Siguió el primer camino que encontró y entonces no halló dificultades. Parecía que le habían nacido alas en los pies. Iba cuesta abajo, y así se marcha muy aprisa.
Cuando llegó a su aldea estaba tan pobre como antes y, además, aquel corazón frío y duro no le dejaba respirar. Latía con la igualdad de un cronómetro. ¡Tic! ¡Tac! ¡Tic! ¡Tac!
Su hermano fue el primero que le salió al encuentro, lle­no de alegría. Le abrazó, le besó y le acompañó hasta su casa entre los mayores transpones de júbilo. Pero el corazón de acero no dejaba a Ruperto regocijarse. Las lágrimas no acudían a sus ojos y sentía en el pecho como una mano que le oprimiese. Su anciano padre le estrechó en sus brazos y tampoco lo­gró conmover aquel duro corazón. Ruperto sentía una angus­tia extraordinaria. Pero llegó su madre, que corrió apresurada hacia su hijo, le abrazó llorando y sus lágrimas cayeron sobre el pecho de Ru­perto. Entonces, ¡oh poder del amor de madre!, aquel corazón de acero apresuró sus latidos y, no pudiendo resistir más, saltó como salta el roto muelle de un reloj. La fibrilla era ya un corazón nuevo y Ruperto un hom­bre feliz.
Y cuando le hablaban de las riquezas, decía:
Dios las dará si convienen; pero nada de buscarlas por atajos, a costa del corazón y de las ilusiones.

miércoles, 19 de mayo de 2010

LA PROMESA DE UN CANDIDATO DIFERENTE

Escrito por Hilary Arathoon
(Extraído del libro “Nuestro mayor Tesoro”)
Modificaciones hechas por: M.J.G.P.
Titulo original: Un Candidato Diferente

Estando próximas las elecciones para determinar quien será el nuevo presidente del gobierno regional de Loreto, y sabiendo que el conocido profesor Cándido Valiente y Franco había aceptado postular como candidato a la presidencia de la región, nos dirigimos a él para que nos explicara su programa de gobierno y nos dijera en pocas palabras las bases de su campaña y qué medidas estaba dispuesto a tomar en favor del electorado en caso de salir electo.

Al llegar, esperábamos hallar la casa del futuro candidato concurrida por sus simpatizadores y por eso nos choco hallarla más bien desierta. En verdad no había nadie más que nosotros, situación que nosotros atribuimos a la hora que fuimos a su casa, y que quizás sus simpatizadores se hallaban ocupados en organizar la campaña.

Después de anunciarnos y tras una corta espera, fuimos introducidos al despacho del candidato quien nos recibió de manera atenta y cordial. Tras de felicitarlo por su candidatura, le explicamos que nuestra presencia obedecía al hecho de haber sido enviados para entrevistarlo y conocer su plan de gobierno y qué tenía en mente hacer en caso de salir electo.

Su respuesta fue que en primer lugar buscaría disminuir los impuestos, que castigando a la iniciativa privada a través de mayores exacciones, lo único que se alcanzaba era desalentar la inversión y que esta era indispensable si se quería que el país progresara porque era la única manera de combatir el desempleo, ya que significaba un mayor numero de plazas que servirían para absorber el creciente numero de la población y contribuiría así al engrandecimiento de la región Loreto.

Que él estaba consciente que el gobierno también podía crear plazas de trabajo, pero solo las podía crear distrayendo fondos que serían mejor empleados por la iniciativa privada y en forma mas constructiva y eficiente. En cambio, las plazas de trabajo creados por el gobierno muchas veces eran innecesarias, pues eran creadas para satisfacer compadrazgos y solo venían a aumentar la burocracia, ya suficientemente crecida de por sí, de modo que el no estaba dispuesto a hacerla aún más grande. “Hay que tomar en consideración”, dijo, “que todos esos salarios recaen sobre los hombros de los contribuyentes, quienes finalmente son los obligados a sufragarlos, de modo que soy partidario de limitar la burocracia al numero estrictamente necesario para el desempeño de las tareas que les son encomendadas.”

Cuando preguntamos acerca de cuales eran las leyes que tenía proyectado pasar durante su periodo, contestó que las menos posibles. Que él consideraba que había un exceso de regulación. Que ni bien hay una reunión en el congreso estos se dedicaban a pasar leyes a todo vapor, protegiéndonos contra esto y contra aquello y contra lo de más allá. No bien aparecía una, cuando ya había que dictar otra modificando la primera. Que si estaba en su poder, él iba a procurar frenar ese exceso de regulación y promover que fueran anuladas muchas de las existentes que solo servían de estorbo para el desarrollo de la región. Conto que en un país de Sudamérica se dice irónicamente que: “el país progresa mientras los legisladores duermen”. Que cosa parecida había dicho ya Edmundo Burke, miembro del parlamento ingles a fines del siglo XVIII, quien dijo que: “cuando el parlamento se hallaba reunido, peligraban las vidas y haciendas de todos los ingleses”. Que aunque no este postulando para congresista, si esta en mis manos “Quiero evitar eso”, dijo Don Cándido. “Se por experiencia que durante las campañas electorales, los contribuyentes al escuchar las promesas de los candidatos, instintivamente se llevan la mano al bolsillo que es donde más les duele, porque saben que entre mayores sean las promesas, mayores serán las exacciones a las que estarán expuestos cuando se trate de implementarlas. De modo que yo les prometo de salir electo, no hacer nada, nada en absoluto. En realidad soy del parecer que “el mejor gobierno es el que gobierna menos” (Thomas Jefferson) y que la actuación del gobierno debería limitarse a guardan el orden y a combatir la criminalidad. La tarea del gobierno debería ser la de garantizar la vida, la libertad y las propiedades de los individuos. Si cumplo esto a cabalidad, habré cumplido con mi deber”.

Acerca de la llamada “redistribución de la riqueza” dijo que cabalmente debido a la popularización de dichas ideas, era que no contábamos con mayor riqueza. “¿Quiénes”, dijo, “van a invertir o producir si no pueden contar con el producto de su trabajo y de su esfuerzo? Y es que la idea misma idea distribuir lo que no es propio, es algo obsceno e inmoral. A repartir lo propio todos tenemos derecho, pero tocar lo ajeno sin el consentimiento del dueño seria un robo y la pena que trae consigo el robo es, como es natural suponer, desalentar la producción, es decir: “empobrecer”. Seria, dijo, una usurpación de derecho y no debemos olvidar, que como dijo Benito Juárez: "El respeto al derecho ajeno es la paz".

Dijo que se hablaba mucho de explotación, pero siempre se trataba de la pretendida explotación de los más débiles por los más fuertes, de los más torpes por los más aptos, de los más indolentes por los más diligentes, de los más abandonados, por los más esmerados y que debido a ello era que los gobiernos daban a los flojos, lo que los trabajadores daban al gobierno. Que él sí pensaba explotar, pero deseaba explotar el manantial más rico con que cuenta cualquier país, y ese manantial es cabalmente el de las ambiciones e inquietudes de las personas deseosas de prosperar y mejorar, y que en vez de ponerles obstáculos, se les debía fomentar. Que de dichas personas dependía el éxito, pero que hoy día en vez de fomentarse, se le castigaba a través de impuestos progresivos. Que él por su parte estaba deseoso de explotar ese filón en beneficio del país, pero que para poder explotarlo se necesitaba un clima de libertad -libertad enmarcada dentro de la ley- y que por consiguiente durante su período en caso de salir electo, iba a procurar que se gozara de dicha libertad.

Con respecto a la desigualdad existente, dijo que dicha desigualdad era nuestra única garantía de poder adelantar y prosperar. Que la perfecta igualdad sólo podría alcanzarse al nivel más bajo. Que lo que él perseguía era el adelanto y el progreso, no el estancamiento. Que ese progreso sólo podría alcanzarse a través de la capacitación y la eficiencia y que para ello había que promoverla dejando a los más capaces en libertad para alcanzar metas más altas. Que todo el progreso alcanzado por la humanidad se debía a los inconformes que en su afán por satisfacer sus propias necesidades y por salir del marasmo de la mediocridad, habían afinado sus sentidos y cultivado su intelecto y se habían esforzado por alcanzar un mundo mejor. Sin ellos, añadió, todos estaríamos perdidos.

"De modo" finalizó "que pueden anunciar, que en caso que el pueblo me nomine, prometo no hacer nada, absolutamente nada".

Así terminó nuestra entrevista. Al salir dije al fotógrafo que me acompañaba y quien había llegado para tomar algunas fotografías: "Si nuestro candidato espera que va a salir electo sin hacer promesas de alguna clase, es en realidad cándido". "Sí", respondió, "pero debemos admitir que es también valiente" y franco".

UN CANDIDATO DIFERENTE

Escrito por MIKE J. GONZALES PIZANGO

Se acerca una vez más las elecciones. Mediante este procedimiento se cambia de manera pacifica a las autoridades que ahora gobiernan por otros candidatos, que según la voluntad de la mayoría, se determinara si esos candidatos que salgan electos serán los mismos que ahora gobiernan, o aquellos que postulan buscando que se les de una segunda oportunidad, o bien nuevos participantes que han decidido probar suerte. Sean quienes sean esos candidatos, ya se puede observar en las calles de la ciudad sus campañas políticas enfocadas por lo general a ganar adeptos y simpatizantes, esperando por supuesto, que al final, sean votos a su favor.

No doy importancia a las diversas herramientas promocionales que utilizan los candidatos, harto conocido por todos, que van desde la tan básica propaganda por TV y radio, hasta los típicos sorteos de polos, llaveros, canastas de víveres, etc. Lo que si quiero resaltar es que todos los candidatos que ahora postulan, como es de esperar, vuelven a las promesas, prometen a la gente muchas cosas, prometen que si ellos salen electos, no harán lo mismo, que no caerán en la corrupción, que con ellos sí, lo prometido será cumplido. Ante estas promesas, los políticos esperan que la gente les crea, que con ellos será diferente. En tanto la mayoría de las personas, y algunos que ya han vivido esta escena, saben que muchas de esas promesas, no son cumplidas, y viendo que las cosas siguen igual, caen en un grave conformismo, que los lleva a tal grado de expresar: “El candidato que entra a gobernar, si va a robar que robe, pero que robe poco, siempre y cuando haga algo”.

Vemos que los políticos se interesan, se preocupan por la gente, en especial por los más pobres, lo cual se refleja por lo general en los tiempos de campaña política, pero como dijo alguien, “a los políticos les interesa la gente, lo cual no siempre es una virtud. También a las pulgas les interesan los perros”(1) .

No hay pues un candidato diferente, un candidato con nuevas ideas, un candidato que crea en su gente, otorgándoles la confianza y la libertad que por derecho se merecen. Un candidato diferente seria aquel busque y proponga eliminar regulaciones para dar a las empresas más libertad de producir y reducir impuestos para dar a la gente más poder de compra. Pues, libertad de producir significa más VOLUMEN DE BIENES Y SERVICIOS, y poder de compra significa más CAPACIDAD DE ADQUISICIÓN. Cualquier persona con dos dedos de frente, sólo tiene que sumar 1 + 1 = 2. Es decir: más bienes y servicios + capacidad de adquirirlos = ABUNDANCIA(2) …UNA REGION LIBRE Y PROSPERA. No hay candidato que proponga eso, por lo tanto reitero, no hay un candidato diferente, un candidato que se preocupe verdaderamente por el bienestar de Loreto, por el bienestar de la gente.
(1) P.J. O´ROURKE, EE.UU, 1947.
(2) “LA SALIDA”, por Alberto Mansueti. Parte II: Estatismo vs. Liberalismo, pág. 88.

lunes, 4 de enero de 2010

EL ABORTO

Por Alberto Benegas Lynch
Alberto Benegas Lynch es académico asociado del Cato Institute y
Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia
Nacional de Ciencias de Argentina.


De Mendel a la fecha la genética ha avanzado mucho. Explica el profesor de La Sorbonne, Luis F. Lejune que "aceptar el hecho de que con la fecundación comienza la vida no es ya materia opinable. La condición humana de un nuevo ser desde su concepción hasta el final de sus días no es una afirmación metafísica; es una sencilla evidencia experimental".


Siempre me ha parecido que sostener que hay un ser humano al nacer pero no un tiempo antes, es fruto de la magia mas rudimentaria. Como si antes del alumbramiento se tratara de un mineral o un vegetal. En el instante en el que uno de los millones de espermatozoides fecunda un óvulo se da lugar al cigoto, una célula humana única con toda la carga genética completa, distinta a la del padre y de la madre.


En el momento de la fusión de los gametos masculino y femenino —que aportan respectivamente 23 cromosomas cada uno— se forma esa nueva célula. Es en acto un ser humano, en potencia de desarrollar muchas cosas (todos tenemos esa potencia en las distintas etapas de la vida). La secuencia embrión-mórula-blastoncito-feto-bebe-niño-adolecente-adulto-anciano no cambia la naturaleza del ser humano. La implantación en la pared uterina (anidación) para nada modifica la especie.


Se ha sostenido que la mujer es dueña de su cuerpo, lo cual es absolutamente cierto pero no implica que sea dueña del cuerpo de otro ser. Se ha dicho que en caso de violación estaría justificado el aborto, sin embargo esa acción execrable no justifica que se cometa otro crimen contra una persona inocente.
Se ha pretendido justificar el aborto en base a que "el feto no es viable" por sus propios medios, pero eso también es cierto respecto del bebe, el anciano o el inválido, de lo cual no se sigue que se los pueda exterminar. Un razonamiento similar es aplicable a los casos de supuestas malformaciones, pero este modo de ver las cosas haría posible la aniquilación de ciegos, sordos y deficientes mentales.



(Foto: http: //www.arbil.org/nacer2.ipq')

Incluso se ha sostenido que la despenalización del aborto permitiría que, en algunos casos, éstos se lleven a cabo de modo higiénico sin caer en manos de curanderas que operan en la clandestinidad, como si el problema radicara en la metodología del crimen. Un ginecólogo, con la intención de poner en evidencia el calibre de la propuesta basada en razones crematísticas, le preguntó a la mujer que le planteaba el caso por qué, en lugar de abortar, no mataba a otro de sus hijos de quince años, ya que ingería mayor cantidad de alimentos.


La situación extrema se plantea cuando el obstetra Elega a la conclusión que se requiere una intervención quirúrgica de tal magnitud que se debe elegir entre la vida de la madre o la del hijo, de lo contrarío ambos morirán. En este caso el cirujano actúa para salvar a uno de los dos y, como una consecuencia no querida, muere el otro.
Julián Marías dice que el aborto es el crimen mas cobarde de cuantos se conocen ya que se aniquila a un ser inocente e indefenso. Denomina al aborto "el síndrome Polonio" para recordar la espada a través de la cortina en el drama shakespeareano. Puede darse el hijo en adopción o, en el futuro, será posible encarar una transferencia a un útero artificial. En rigor "aborto" alude a algo que iba ser y no fue. Por eso la expresión mas precisa es homicidio en el seno materno...

Este artículo fue publicado originalmente en El Observador (Uruguay.) el 30 de julio de 2007. Source URL:http://www.elcato.orq/node/2668